El 22 de junio de 2026, el piso se nos movió de golpe con dos fuertes terremotos uno frente a la costa venezolana y otro hacia el centro del país. Esos primeros minutos fueron de puro instinto: abrazar a los míos, buscar sus miradas y confirmar, con un suspiro de alivio, que mi familia inmediata estaba a salvo. Pero en cuanto el susto inicial cedió, la angustia cambió de forma. Con el corazón aún acelerado y las noticias llegando a cuentagotas, mi mente voló hacia las telecomunicaciones en la zona de desastre. Desde mi lugar en la academia no podía evitar preguntarme: ¿qué había pasado con la infraestructura de Internet del país y qué significaba esa desconexión para miles de familias que, en pleno caos, necesitaban desesperadamente saber de los suyos?
La realidad técnica confirmó mis peores temores. En las zonas más castigadas, el colapso y los daños estructurales en los edificios se llevaron consigo las radiobases instaladas en las azoteas, dejando a oscuras a comunidades enteras. La situación fue particularmente delicada en La Guaira, donde el alto nivel freático y la cercanía al mar obligan a depender del tendido aéreo de fibra óptica, el cual sufrió severos estragos.
Los mayores estragos se concentraron en La Guaira y Yaracuy, donde la violencia del sismo golpeó de frente a la infraestructura crítica. A su vez, el remezón sacudió con fuerza a estados vecinos como Miranda, Carabobo y Aragua por su proximidad a los epicentros. Sin embargo, como suele ensañarse la realidad en estas emergencias, las zonas rurales se llevaron una de las peores partes: poblaciones que ya batallan a diario con conexiones débiles, alta latencia e intermitencia, quedaron sumidas en un silencio digital aún más fuerte en los días posteriores.
Pero el golpe más crítico para la conectividad de todo el país ocurrió en el mar. A solo 1,8 kilómetros de la costa, muy cerca de donde se originó el segundo terremoto de magnitud 7,5, la fuerza de la tierra fracturó el cable submarino South American Crossing (SAC).
No se trataba de un cable más: por esa arteria submarina circula cerca del 50% del ancho de banda internacional de Venezuela. La herida en el mapa se tradujo de inmediato en la vida cotidiana de millones de personas, manifestándose en picos de latencia, ralentización y una severa congestión en las horas de mayor tráfico, reportada por usuarios y proveedores a lo largo y ancho del territorio nacional.
En las semanas que siguieron, perdí la cuenta de cuántas veces me hicieron la misma pregunta, a veces con frustración y casi siempre con impaciencia: ¿por qué se tarda tanto en reparar un cable submarino? La respuesta no es sencilla, porque bajo el mar nada lo es. Arreglar una fractura a profundidad requiere buques especializados, personal técnico, condiciones adecuadas para intervenir el cable y las autorizaciones regulatorias correspondientes. Mientras los barcos trabajaban a contrarreloj en el mar, en tierra se activaron rutas alternas: la habilitación de rutas terrestres hacia Colombia, lo que permitió aliviar la asfixia digital y recuperar paulatinamente parte del ancho de banda. No fue sino hasta el 24 de julio cuando llegó el alivio definitivo con la confirmación de que el SAC estaba plenamente reparado.
La conectividad como infraestructura de emergencia
Si algo quedó claro durante esas primeras horas fue que, en una situación de emergencia, la conectividad deja de ser solamente un servicio: se convierte en una herramienta crítica para pedir ayuda, coordinar acciones y mantener informada a la población.
Con las radiobases fuera de servicio y dificultades en las redes celulares de las zonas más golpeadas, las operadoras solicitaron apoyo para habilitar alternativas de emergencia. Entre ellas estuvo el servicio directo a dispositivo (D2D) de Starlink, activado con una habilitación especial de CONATEL, que permitió sostener comunicaciones básicas en las zonas afectadas con las 3 operadoras de telefonía celular de nuestro país.
Al mismo tiempo comenzaron a desplegarse redes WiFi de emergencia utilizando equipos satelitales, baterías y paneles solares. En ese esfuerzo tuvieron un papel especialmente relevante organizaciones de la sociedad civil como Conexión Segura y Libre, Reconecta Venezuela, Redes Ayuda e Internet Society Venezuela, que en conjunto instalaron más de 200 puntos de conectividad gratuita en las zonas más afectadas. Asimismo, organizaciones internacionales cómo Télécom Sans Frontièrs, Colnodo y SpaceX fueron grandes aliados para la articulación de estos despliegues para la atención de la emergencia y posteriormente el apoyo a las comunidades que han quedado desplazadas.
La experiencia nos mostró algo fundamental, la resiliencia no depende de una única tecnología ni de un único actor. En los momentos más críticos, la conectividad pudo sostenerse gracias a la combinación de redes satelitales, soluciones WiFi, fuentes alternativas de energía y la capacidad de distintos actores para coordinarse y desplegar respuestas rápidas.
Aun así, hubo zonas que permanecieron incomunicadas durante varios días. La falta de electricidad y la caída de las redes celulares dificultaron también la coordinación de los equipos de rescate. En las primeras horas, parte de la información sobre lo que estaba ocurriendo comenzó a llegar a través de personas que lograban salir de las áreas más afectadas hasta zonas donde todavía había servicio.
Lo que esta crisis nos deja
Con la reparación del cable submarino confirmada, las fallas principales de conectividad internacional quedaron superadas. Pero eso no significa que todo esté resuelto. En las zonas más afectadas todavía se trabaja en la reparación de tendidos de fibra óptica y radiobases, y persisten puntos sin servicio eléctrico o con suministro deficiente, lo que sigue traduciéndose en fallas en el servicio de Internet.
Desde la Universidad de Los Andes estamos adelantando un estudio con sondas de RIPE Atlas para medir con precisión cómo afectó el corte del cable submarino a la latencia y los tiempos de respuesta en el país. Contar con estos datos nos permitirá entender mejor el impacto de lo ocurrido y extraer aprendizajes que puedan ayudar a fortalecer la resiliencia de la red frente a futuros eventos.
Esta crisis también volvió a poner sobre la mesa la necesidad de fortalecer la infraestructura de puntos de intercambio de tráfico (IXPs) en Venezuela. Contar con más IXPs no sustituye la conectividad internacional, pero sí permite que una mayor parte del tráfico cuyo origen y destino están dentro del país permanezca local, reduciendo dependencias innecesarias y contribuyendo a una red más eficiente y resiliente. Contar con nap.ve fue fundamental para el ahorro de tráfico local. Sin embargo, quedó claro que necesitamos más puntos de intercambio en nuestro país para fortalecer la resiliencia de nuestro Internet.
Por último, creo que esta experiencia confirma algo que ya intuíamos, las redes satelitales deben tener un lugar en la planificación de la conectividad de emergencia de un país con riesgo sísmico como el nuestro, y pueden ser especialmente relevantes en zonas remotas y rurales. Pero la tecnología por sí sola no alcanza. También es indispensable que las asociaciones civiles, los operadores, el sector privado y las instituciones cuenten de antemano con equipos, protocolos y mecanismos de coordinación listos para activarse frente a un desastre.
La coordinación entre CONATEL, las cámaras empresariales como CASETEL y CANAEMTE, los operadores privados y la sociedad civil funcionó, pero en buena medida tuvo que construirse sobre la marcha. Ese es quizás uno de los aprendizajes más importantes que deja esta crisis; la resiliencia no comienza cuando ocurre la emergencia. Se construye antes, diversificando infraestructura, preparando alternativas y fortaleciendo la capacidad de los distintos actores para responder de manera coordinada cuando más se necesita.